Me he ido. Aún no estoy frío pero ya es un hecho que no volveré a disfrutar del placer de existir.
Vine al mundo entre mis lágrimas y me voy entre las vuestras. Un mar de condolencias y penas me rodea desde mi último suspiro.
Veo gente que hacía años que no se había molestado en llamarme llorando al lado de personas con las que nunca hubiera compartido un buen rato. Os veo a todos reunidos bajo una atmósfera de lástima y desconsuelo por cortesía.
Escucho solemnes palabras, halagos y piropos que muchos no fuistéis capaces de decir en vida y que ahora, sin embargo, emanan de vuestras cuerdas vocales sin tapujos ni obstáculos. Sin el menor resquicio de pudor me halagáis con el mismo tono que, siendo yo aún, me desprestigiábais a la menor ausencia de mi persona.
El mundo continúa y vosotros volveréis a vuestras casas a secaros las lágrimas de cocodrilo y a dormir tranquilos: habéis acallado a vuestras conciencias, furiosas por vuestros malos actos para conmigo, como el pecador católico acalla la suya confesando sus pecados y rezando por ellos. Por mi parte podéis ir en paz, ya que ahora no tengo voz ni forma de recalcaros la falsedad de vuestros actos.
Ya no soy más que un recuerdo que se desvanece, un tema de conversaciones nostálgicas y, quizás, alguna foto que pierde su color en el fondo de un cajón. Me pierdo sin la esperanza de ir a un mundo mejor, me apago sin más, pierdo mi forma hasta sumirme en la más profunda oscuridad. Me voy y me convierto gradualmente en parte de la más absoluta nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario