viernes, 1 de junio de 2012

Sueño de una noche de verano.

Empieza a ponerse el sol. El cielo se tiñe de rojizos colores mientras el calor que ha hecho acto de presencia durante toda la jornada parece retirarse poco a poco.

Las familias abandonan la arena de la playa, que poco a poco se va quedando vacía. Grupos de amigos jugando a las cartas, alguna pareja paseando al atardecer y algún niño que apura el último baño del día.

Las terrazas de los bares se visten de gala y empiezan a servir cervezas bien frescas, gazpacho, caracoles, pimientos fritos y un buen pescaíto.

Cae la noche, pero no de forma brusca como lo hace la noche de invierno. Lo hace suave, sin que te des cuenta de que está llegando.

Los jóvenes pasean por la calle con un helado y ropa fresca. Se amontonan en los jardínes, plazas y parques a conversar sin preocupación porque vaya a sonar el despertador.

En las casas y campos empiezan a encenderse las barbacoas y se escucha algún chapuzón nocturno regado con risas.

Noches de verano donde todo pasa y nada es malo. Mi cuerpo lo pide ya. Pide esa dósis de felicidad que solo el estío me puede dar.

Obligadme a que este verano, como ya hiciera otros, apague toda conciencia y preocupación y me entregue a disfrutar de lo que más me gusta en el mundo. Obligadme.



"Si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar". William Shakespeare.

 

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