La conversación alcanzó ese punto mágico que alcanzan las buenas conversaciones en el que las palabras que brotan de los labios de los conversadores, por simples que sean, parecen salidas del libro mejor escrito.
En aquel salón, decorado con muebles antiguos y vitrinas repletas de pequeños utensilios de cocina propios de otra época, crujían los troncos de leña ardiendo en la chimenea, bañándolo todo con ese calor sereno y apacible que lo envuelve todo y te contagia de una paz tan inexplicable como absoluta.
Con el crepitar de la leña como música de fondo se deslizaban las palabras entre aquellos cuatro amigos. Recordaban tiempos ya muy pasados. Y lo hacían como más claro se recuerda el pasado.
Levantaban levemente la cabeza para fijar su mirada en el perdido infinito, entornaban los ojos y dejaban que el fuego del hogar y el pasado brillaran en sus pupilas. Cuando encontraban entre la multitud el recuerdo apropiado para contar, se les arqueaba la sonrisa y lo sacaban con la mayor de las dulzuras, aunque no fuera un recuerdo dulce.
Los cuatro amigos tenían ya la media sonrisa encajada en la boca y se escuchaban los unos a los otros con el respeto y la elegancia más increíble que jamás se vio.
Escuchaban las mismas historias y anécdotas de cada reunión, se las sabían de memoria, pero ninguna historia es demasiado larga, demasiado pesada ni demasiado repetitiva, si el que la cuenta es un buen narrador. Y en aquel punto, los cuatro lo eran.
Pasaban las horas y la conversación parecía no decaer ni aburrir a ninguno de los presentes. Corrían el licor y los buenos recuerdos por aquel salón. Aquel salón que nunca vivió una paz tan solemne e imperturbable.
En aquel salón, decorado con muebles antiguos y vitrinas repletas de pequeños utensilios de cocina propios de otra época, crujían los troncos de leña ardiendo en la chimenea, bañándolo todo con ese calor sereno y apacible que lo envuelve todo y te contagia de una paz tan inexplicable como absoluta.
Con el crepitar de la leña como música de fondo se deslizaban las palabras entre aquellos cuatro amigos. Recordaban tiempos ya muy pasados. Y lo hacían como más claro se recuerda el pasado.
Levantaban levemente la cabeza para fijar su mirada en el perdido infinito, entornaban los ojos y dejaban que el fuego del hogar y el pasado brillaran en sus pupilas. Cuando encontraban entre la multitud el recuerdo apropiado para contar, se les arqueaba la sonrisa y lo sacaban con la mayor de las dulzuras, aunque no fuera un recuerdo dulce.
Los cuatro amigos tenían ya la media sonrisa encajada en la boca y se escuchaban los unos a los otros con el respeto y la elegancia más increíble que jamás se vio.
Escuchaban las mismas historias y anécdotas de cada reunión, se las sabían de memoria, pero ninguna historia es demasiado larga, demasiado pesada ni demasiado repetitiva, si el que la cuenta es un buen narrador. Y en aquel punto, los cuatro lo eran.
Pasaban las horas y la conversación parecía no decaer ni aburrir a ninguno de los presentes. Corrían el licor y los buenos recuerdos por aquel salón. Aquel salón que nunca vivió una paz tan solemne e imperturbable.
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