domingo, 19 de agosto de 2012

Auf wiedersehen, Berlin.

Amanece temprano. Muy temprano incluso para ser agosto, estas latitudes tan al norte es lo que tienen.

No suena nada, como siempre. La ciudad hace su vida, la capital se despierta y se pone en marcha con un silencio que casi burla la física del sonido. Calles, plazas, edificios y parques que vivieron todo el ruído que el peso de la oscura historia del siglo XX quiso imponerle.

Ya no se oyen las bombas, ya no se oye un pueblo derruído que intenta levantarse. No se oyen discursos llenos de terror, odio y megalomanía. No se oyen los aviones, ni los tanques. No se oye la enésima caída. Ni la conquista. No se oye la pérdida de la identidad, ni la fragmentación, ni tan siquiera se oyen los obreros levantando un muro que dividiría la historia. No se oyen los soldados desfilando ni a las grandes potencias jugando a ver quien es más poderoso.

No, tuvieron un siglo del más espantoso ruído, y ahora hacen su vida en un perfecto silencio.

Amanece temprano. Muy temprano. La casa ya suena a despedida. Todo recogido y empaquetado, llega la hora del último vistazo.

Ruedan las maletas por la calle, maletas que vinieron cargadas de ilusiones y se van repletas de recuerdos, con ese estruendo que provocan las maletas al rodar por los adoquines. Estruendo que rompe el silencio de la ciudad por un instante. Ciudad que dice adiós sin inmutarse, con un leve balanceo de los incontables árboles que engalanan la calle y un ligero aumento de temperatura. Siempre es mejor una cálida despedida.

Llega el tren. El último tren. Es el sucesor de tantos otros. El sucesor del último metro, del último taxi, del último autobús. Es el que sin salir de su rutina te saca de la tuya. El camino en el tren es largo, pero no lo suficiente, porque finalmente acaba.

Acaba como todos, en una cola. Fuera maletas. Es hora de mirar por la ventana por última vez. Siempre la misma pregunta resuena en la cabeza: "¿Adiós o hasta luego?".

Ya hay puerta de embarque. Su asiento está en la fila 10, gracias. Iniciamos rodaje. Entramos en pista para despegue. Eleva ligeramente el morro. El cielo se convierte en el suelo.

Auf wiedersehen, Berlin.



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