Todos sus amigos habían muerto ya en esa estúpida lucha por el control de la zona. Estaba solo, cansado, perdido y amenazado.
Las noticias no decían nada. "Chivas empató el juego de ayer", "inauguración de una nueva guardería en la región de Aguascalientes" y "tiempo soleado para mañana en todo el país" era lo que se limitaban a decir. Ni una palabra de los tiroteos que teñían de rojo la arena y las piedras del desierto norteño.
El calor apretaba, asfixiaba. Se refugió a la sombra de un peñasco e intentó limpiarse las heridas. La sangre se mezclaba con el sudor y el polvo del desierto, pero esto no le causaba ninguna preocupación: antes de morir por las infecciones, que seguro le acarrearían aquellos cortes, alguien le habría metido ya una bala en la cabeza, igual que a sus compañeros.
Se acordaba de ellos mientras quemaba con la punta del cigarro sus heridas. La quemazón y la angustia le recorrían el sistema nervioso. Hacía muchísimo calor.
De pronto pasó una de esas tortugas del desierto, esas que andan sin que parezca que van a un sitio en concreto y que, desde luego, si fueran, parece que no llegarían nunca. La miró fijamente y quiso que por acción divina sus cuerpos se intercambiaran. Cualquier cosa por estar en el lugar de esa tortuga parsimoniosa en vez de en el suyo propio.
Con numerosas heridas, síntomas de deshidratación, sin ayuda, sin munición y sin su ranchera, pensó que solo quedaba tumbarse a esperar que alguien le librara de ese infierno y lo mandara a otro peor.
¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Cómo diablos había pasado de estar en el D.F. trabajando en una pequeña clínica médica de barrio a estar moribundo en el desierto? Se lo preguntaba una y otra vez y volvía su mente atrás. Todo lo que le venía era una tempestad de infortunios. Uno tras otro, que le condujeron, sin pausa para darse cuenta de que estaba pasando, directamente debajo de aquella piedra.
Ahora todo daba igual. Ya no importaba el cómo había llegado ahí. Ya solo quería paz. Descansar, aunque fuera de forma eterna. Ni siquiera le quedaba agua en el cuerpo para verter lágrimas.
Sacó de su bolsillo una fotografía. En ella aparecía retratada una hermosa mujer con todos los ragos de una prototípica mujer latina. Pese a que la foto estaba visiblemente deteriorada, su mirada se veía radiante y bella.
"Supongo que aquí acaba todo. Ni siquiera he podido decirte adiós y es lo que más me duele. Al final tú tenías razón, todo eso que yo creía importante no lo era: el poder, el dinero...¿Dónde están ahora esas cosas para curarme las heridas y sacarme de este lío? No, me equivoqué y, como todos los seres humanos de la historia, he tenido que esperar hasta que ya no hay remedio para darme cuenta del error. Te dejé de lado por la ciega ambición, y ahora la vida me deja de lado a mí como castigo. Me lo merezco. Al final, cuando uno está en sus últimos momentos y lo sabe, se le viene a la mente una cosa, y supongo que es la prueba de que esa cosa es lo más importante de su existencia. Me encantaría poder decirte que esa cosa eres tú, temo que no voy a poder decirte ya nunca más que lo has sido todo para mí, aunque no me diera cuenta. Perdóname por no haberte devuelto lo que me diste. Perdóname por irme sin que sepas que eres la mujer más maravillosa del mundo..."
Una lágrima humedeció su reseca mejilla al tiempo que un ruído ensordecedor dejó mudo el desierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario