Caminas solo por la calle. El viento te pega fuerte en la cara y te despeina, pero no luchas contra ello, te dejas llevar. Comienza a lloviznar y el frío aprieta. El cielo relampaguea. Todo se conjuga para hacerte sentir que estás ahí, que estás vivo.
En la profunda soledad callejera de la noche es cuando puedes estar más tranquilo con tus pensamientos. Nada que ocultar. Ninguna apariencia que mantener. Ningún dañino pensamiento que tengas que enterrar en lo más hondo de tu ser. Simplemente andas, con el viento, el frío y la lluvia golpeándote sin piedad pero con dulzura.
El sueño empieza a hacer acto de presencia, tu cabeza empieza a quejarse con pequeñas punzadas y tus neuronas se dispersan en un mar de divagaciones. Todo se vuelve abstracto, etéreo y relativo. Ya nada parece tan serio, ni tan malo, ni tan bueno, la sensación es de que el día, la vida, te ha dado un tiempo muerto para que razones fríamente la táctica antes de volver a jugar.
Y en ese silencioso maremagno de pensamientos estás cuando das por acabado el tiempo muerto, esperando que las conclusiones sean firmes y acertadas, cerrando los ojos y dejándote arrastrar por Morfeo hasta un nuevo día.
Afuera llueve.
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