martes, 6 de marzo de 2012

El hombre del banco.


 De todos los variopintos personajes que poblaban los bancos de aquel parque, ese señor de pelo oscuro y poblada barba era el que más llamaba la atención.

Hacía un tiempo frío y otoñal. Diciembre asomaba entre los árboles, llenos de hojas naranjas que iban cayendo poco a poco. Este tiempo daba lugar a que aquel solitario personaje estuviera enfundado en una gabardina oscura que le tapaba prácticamente por completo.

Un elegante sombrero gris que cubría su cabeza y unos elegantes zapatos de piel marrón oscuro le daban un aspecto elegante y señorial.

Era una persona madura, probablemente mayor de aspecto que de edad física.

Solitario se sentaba en uno de los viejos bancos de madera que bordeaban el paseo en el interior del parque. Detrás de él el sol se ponía entre los altos edificios de la ciudad, dándole una luz especial al parque, pero parecía no importarle.

Tenía la mirada baja, como si todo lo que le interesara en el mundo estuviera escrito en el trozo de hierba que tenía bajo sus pies. Sus profundos y oscuros ojos se clavaban en el suelo, pero sin mirar a nada.

Una suave brisa de frío viento pareció despertarle de su letargo. Con un movimiento muy lento y suave alzó la vista y miró a su alrededor.

Al principio miró hacia arriba, a las hojas de los árboles. Todas juntas en la copa del árbol, tornándose de un mismo color anaranjado, en conjunto, en familia. Pero en un momento dado una de ellas cae, nada parece provocarlo pero así es, uno de los miembros de esa “familia” cae suave y parsimoniosamente. Se despide de su hogar y va a parar a un suelo donde será pisoteada y posteriormente barrida.

Esta otoñal visión no pareció alegrar a este personaje, y sin mover un solo músculo de la cara volvió a bajar la mirada.

Pocos segundos después volvió a salir de su aletargamiento, esta vez por un sonido que parecía chirriarle en su cabeza: una risa.

Levantó la cabeza con la misma parsimonia y suavidad que la primera vez, esta vez miró a su izquierda, por lo que tuvo que torcer un poco más un cuello que parecía no tener ninguna movilidad.

Bajo un árbol grande se encontraba un perro, un gran pastor alemán con un pelaje espeso y precioso, sin ningún tipo de agresividad, un perro noble. Con él jugueteaba una pequeña niña que apenas levantaba 4 palmos del suelo, la que provocó la risa. Correteaban y jugaban por la hierba bajo la atenta mirada de su padre, un hombre de unos 30 años, con aspecto juvenil y con un gesto de felicidad y tranquilidad. Unidos jugaron durante unos minutos, riendo y disfrutando, el perro de estar corriendo en libertad, la pequeña de poder disfrutar de aquel maravilloso entorno y el padre orgulloso de la sonrisa de su pequeña.

El hombre del banco seguía sin mostrar ninguna alegría, tampoco por esta escena, con cierto gesto de resignación volvió a torcer su cuello, esta vez no miró al suelo sino a su derecha.

La luz ya casi había desaparecido, brillaban estrellas, la luna asomaba y las farolas del parque empezaban a lucir con una tenue luz blanca.

A su derecha en otro banco idéntico al de él había una pareja de jóvenes. Él sentado sobre el banco y ella sobre su regazo, con la cabeza apoyada en su hombro. Parecía como si para ellos no existiera nada más allá de la pupila del otro. Se miraban largo tiempo sin decir nada y solo interrumpían su silencio para darse un beso, momento en el cual parecía más aún que no había nada más a su alrededor. Caricias, abrazos y miradas de complicidad que decían todo lo que no salía de sus labios. Su simple forma de respirar el uno con la otra ya decía a gritos las dos palabras más repetidas por dos enamorados.

Con esta imagen, como era de esperar, tampoco se alteró el rostro del hombre del banco, que volvió a girar la cabeza, esta vez empleando un par de segundos más en el parpadeo. Necesitaba un poco de oscuridad para mantener su serenidad.

Ante tanta visión parecía más nostálgico y melancólico, perdiendo un poco el control sobre la situación y sobre sí mismo, que parecía tener por su actitud serena, miró al frente buscando algo que le sirviera de alivio, un salvavidas, una visión tranquila que no le hiciera pensar. Pero no lo encontró.

En frente suya un par de palomas picoteaban restos de pan, perfectamente coordinadas para picotear a la vez pero sin estorbarse, acompasadas, juntas.

En aquel momento el hombre retomó su serenidad, y con la parsimonia que le caracterizaba giró la cabeza, esta vez miró el banco en el que se hallaba sentado, miró a un lado y contempló la madera, miró al otro lado y contempló más madera, oscura y vieja.

En aquel momento volvió a bajar la mirada, volvió a centrarse en aquel trozo de hierba, como si lo único que le interesara del mundo estuviera escrito en él.

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